
Cerveza, whisky y metal en la previa. Desde una torre frente a la cúpula nos preparamos junto a mis amigos. La mayoría somos ariqueños, treinte(tanto)añeros y headbangers de la vieja escuela. Desde el décimo séptimo piso vigilamos el coliseo musical.
Pasan un par de horas, bajamos y apuramos el paso. Las entradas están atestadas. Pierdo de vista a mis amigos, y en un mar humano, no los veo más. Ellos van a platea, yo había elegido cancha, quería estar donde las papas queman.
En cancha subiendo a tope los decibeles de mi voz, para resaltar sobre el bullicio, digo que soy de Arica y cuento sobre mi devoción por Slayer desde los 13 años. Aparecen los “buena compadre”, las chelas y la hermandad del metal, cubre Chile con fanáticos de punta a cabo, reunidos en el Movistar.
Los nacionales Thornafire con un brutal death metal brindan el aperitivo. Cerca de las diez de la noche, aparece un imponente telón de Slayer en escala de grises, que se transforma en rojo inferno, cuando el juego de luces en lo alto, da las primeras pistas de la obertura.
En escena Tom Araya, Kerry King y Dave Lombardo, junto a Gary Holt (Exodus), quien reemplazó brillantemente a Jeff Hanneman en Santiago, y si alguien tenía alguna duda, los riffs iniciales para “World Painted Blood”, despejaron cualquier incógnita frente a la sustitución de la baja titular. No por nada el “Bonded By Blood” está en los Top Ten de los mejores discos del Thrash Metal.
Volviendo a escena, 14 mil almas inician el cabeceo, las guitarras aéreas. Una marea de gente comienza a empujar hacia adelante para pelear las mejores ubicaciones, y en un momento quedo en la sexta, séptima fila, a escasos metros de la banda.
Con “War Ensemble” queda la cagada. Mosh al máximo. Avalancha de headbanging. Torrentes humanos de un lado a otro. Descontrol. En un momento salgo eyectado al centro del moshing, estoy algunos segundos, y aparezco expulsado a una zona lateral de la cancha, desde un ángulo diagonal, aún con buena ubicación.
Aún cuando los cortes del “WPB” del 2009 suenan notables en vivo, la caldera se enciende aún más con clásicos ochenteros como “Chemical Warfare”, “Angel of Death”, “South to Heaven” y los oscuros himnos de inicios de los noventa “Seasons in the Abyss” y “Dead Skin Mask”. Esta última presentada por Araya como “una canción de amor”.
Ovación generalizada, y Tom, hace la pausa después de una canción, sonrisa amable, mitad emocionado, y mitad tirando la talla, dice: “Se están pasando”, y vuelve a la arremetida sónica, haciendo el puente rítmico con Lombardo que es una ametralladora, enfundado detrás del doble bombo y las cajas.
Entre medio de la exaltación, la navegación humana de algunos fanáticos y fanáticas, arrastrados por los brazos de la muchedumbre, saltos de quinceañeros y veinteañeros, una metalera de corta edad, comenta cerca de mí que “está muerta”, entre apretones y la asfixia, de la enérgica caldera de bangers.
En la zona de palcos, un grupo de metaleras con look a lo Lita Ford, mueven sus melenas con cadencia. En el palco enfrentado, unos locos tienden un lienzo gigante de Slayer. Un compadre, me dice: “vamos y bajemos el lienzo a la cancha”. Vamos, tratamos de convencer a los dueños, llega un guardia con cara de no muy buenos amigos, y en pocas palabras, nos dice que no hueviemos más. Me acerco nuevamente al lienzo, desde abajo, lo tomó y lo hago flamear, los socios de arriba sonríen: la hermandad del metal es más fuerte que cualquier perro cancerbero.
En un momento haciendo headbanging a 100 por hora, al momento de inclinarme hacia atrás, pegó fuerte mi cabeza contra el concreto, y me doy cuenta que estoy al tope de una columna de cemento del recinto musical, arrastrado por las hordas de bangers más jóvenes que lograron ascender a las primeras ubicaciones de cancha. Un loquillo fuera de sí, al que lo empujan y una mina le tira el pelo, mira hacia atrás. Como yo sobresalgo por mi altura, por sobre la multitud, me mira, piensa que yo fui el del agravio y desafiante me invita a pelearme a combos, a la salida, así en “la volada más pendeja”. No pesco, le hago un gesto de “tai loco, compadre”, sigo con mi cabeceo, y me enfocó en la música, y en la buena onda de la gran familia metalera, que no se empaña por un hecho aislado.
Hacia el tramo final, la banda arremete con “Post Morten” y “Raining Blood”. Nos quedamos mirando hacia las luces, esperando la lluvia de sangre artificial, e indicando en masa con el dedo índice a las estructuras en altura, como cuando la pandilla de Araya en el 2006 recreó en vivo el “Reign in Blood” con el sanguinolento aditivo, cayendo sobre las cabezas de los músicos.
De un momento a otro, ya no me acuerdo exactamente en qué tema, finaliza de golpe el concierto, Araya y compañía se despiden sobriamente, y Kerry King y Dave Lombardo regalan uñetas y baquetas, respectivamente. A mi gusto habían pasado 45 minutos nada más, y no la hora y media que duró el concierto. Un recital atronador, implacable, sin puntos bajos, con una banda sonando en vivo igual que en los álbumes, y con un público, literalmente endemoniado. Como diría dos días después, para la prensa nacional, el vocalista viñamarino: “Fue un concierto salvaje”.
Texto original por DMHFoto (Fuente: www.rockaxis.com)