martes, 2 de enero de 2018

Liturgia punk: Una noche en Arica


Un año tras la partida terrenal de Mauri Norambuena. Sus familiares, amigos y cercanos, quisieron recordarlo a través de su música. Un núcleo íntimo, de no más de 20 personas -contando a los músicos- se reunió el 26 de diciembre último para escuchar en vivo y en directo a la agrupación mítica del punk ariqueño.

Recordemos que Tetranarko, se disolvió tras la muerte de su vocalista, sin embargo, las ansias por dar vida y escuchar nuevamente el cancionero de la banda, y por sobre todo, la necesidad de honrar la memoria del amigo y reconocida voz del punk local y criollo, permitieron un potente recital de dos horas, fraccionado en dos partes. Algo inédito, y muy emocionante para los fanáticos del grupo.

Integrantes históricos junto a los de la última etapa compartieron una habitación acondicionada para la música con un reducido público enfrentado a escasos metros. Las canciones cubrieron desde el debut “¿Y dónde está?” hasta el EP “Festival de Puñaladas”. 

En escena, aparecieron, Bruno Rudolph (guitarra), Telo Guerra (bajo), Cesar Pango (batería) y Mauricio Sosa (voz y coros). Junto a ellos, el baterista de la última época, Nicolás Rivera, se colgó la guitarra y colocó la voz principal en la mayoría de los temas, alternando el puesto de vocalista con Mauricio.

La previa había comenzado como una reunión entre amigos a plena tarde. El radiante sol bañaba de color los extramuros, y en la habitación musical, las tenues luces artificiales creaban la penumbra que hacia recordar alguna otrora tocata en el desaparecido Oscar Quina u otro local del Arica nocturno y más rockanrollero.

El día se tornó obligadamente en noche tras el portón metálico del lugar donde comenzaron a sonar uno a uno, “Yo soy, yo estoy”, “Carta de ajuste”, “1.000 ojos”, “Paredes Muertas”, “Nos quieren esclavizar”, “Mal consejo”,  “Una Noche en Tacna”, y así sucesivamente, paseando “musicalmente” por sus grabaciones noventeras y sus registros más actuales, de forma aleatoria. 

Con intensidad se vivió el primer bloque de más o menos una hora de canciones. Luego, una pausa necesaria para músicos y fanáticos, que recargaron las pilas, y se prepararon para la embestida final: otro bloque de similar duración. 








A esa altura ya estaba consagrada la liturgia del punk, en la que con energía, nostalgia y sencillez, un grupo de fanáticos y cercanos a la banda honraban al músico, al amigo caído. Un inesperado encuentro bajo los cánones más subterráneos con la agrupación que durante veinte años se mantuvo sobre los escenarios del norte, centro y sur del país, y que esta vez, sin su cara más visible, recreaba el sonido afilado y la lírica rebelde e inconformista. Definitivamente, el culto vive.

Textos y fotos: Daniel Meza Hernández