Liturgia punk: Una noche en Arica
Un año tras la partida terrenal
de Mauri Norambuena. Sus familiares, amigos y cercanos, quisieron recordarlo a
través de su música. Un núcleo íntimo, de no más de 20 personas -contando a los
músicos- se reunió el 26 de diciembre último para escuchar en vivo y en directo
a la agrupación mítica del punk ariqueño.
Recordemos que Tetranarko, se
disolvió tras la muerte de su vocalista, sin embargo, las ansias por dar vida y
escuchar nuevamente el cancionero de la banda, y por sobre todo, la necesidad
de honrar la memoria del amigo y reconocida voz del punk local y criollo,
permitieron un potente recital de dos horas, fraccionado en dos partes. Algo
inédito, y muy emocionante para los fanáticos del grupo.
Integrantes históricos junto a
los de la última etapa compartieron una habitación acondicionada para la música
con un reducido público enfrentado a escasos metros. Las canciones cubrieron
desde el debut “¿Y dónde está?” hasta el EP “Festival de Puñaladas”.
En escena, aparecieron, Bruno
Rudolph (guitarra), Telo Guerra (bajo), Cesar Pango (batería) y Mauricio Sosa
(voz y coros). Junto a ellos, el baterista de la última época, Nicolás Rivera,
se colgó la guitarra y colocó la voz principal en la mayoría de los temas,
alternando el puesto de vocalista con Mauricio.
La previa había comenzado como
una reunión entre amigos a plena tarde. El radiante sol bañaba de color los
extramuros, y en la habitación musical, las tenues luces artificiales creaban
la penumbra que hacia recordar alguna otrora tocata en el desaparecido Oscar
Quina u otro local del Arica nocturno y más rockanrollero.
El día se tornó obligadamente en noche
tras el portón metálico del lugar donde comenzaron a sonar uno a uno, “Yo soy,
yo estoy”, “Carta de ajuste”, “1.000 ojos”, “Paredes Muertas”, “Nos quieren
esclavizar”, “Mal consejo”, “Una Noche
en Tacna”, y así sucesivamente, paseando “musicalmente” por sus grabaciones
noventeras y sus registros más actuales, de forma aleatoria.
Con intensidad se vivió el primer
bloque de más o menos una hora de canciones. Luego, una pausa necesaria para
músicos y fanáticos, que recargaron las pilas, y se prepararon para la
embestida final: otro bloque de similar duración.
A esa altura ya estaba consagrada
la liturgia del punk, en la que con energía, nostalgia y sencillez, un grupo de
fanáticos y cercanos a la banda honraban al músico, al amigo caído. Un
inesperado encuentro bajo los cánones más subterráneos con la agrupación que
durante veinte años se mantuvo sobre los escenarios del norte, centro y sur del
país, y que esta vez, sin su cara más visible, recreaba el sonido afilado y la
lírica rebelde e inconformista. Definitivamente, el culto vive.
Textos y fotos: Daniel Meza Hernández
Textos y fotos: Daniel Meza Hernández









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